Conocer gente
Viajar solo sin sentirte solo
Apuntarte a un viaje sin conocer a nadie impone. Vamos a contarlo sin adornos: cómo es de verdad y por qué casi nadie se arrepiente.
Hay un momento que casi nadie cuenta. El de ver un plan que te apetece muchísimo —una semana en la nieve, un fin de semana buceando— y pensar: «me encantaría, pero ¿con quién voy?». Y ahí se queda. En la lista de cosas que harías si alguien de tu entorno tuviera las mismas ganas, el mismo finde libre y el mismo presupuesto a la vez. Que no suele pasar.
Es una de las razones por las que existe Holistic People, así que permítenos ser sinceros con algo: viajar solo y sentirse solo no son lo mismo. Puedes irte con tu grupo de siempre y volver sin haber conectado con nadie. Y puedes salir de casa sin conocer a una sola persona y volver con gente a la que escribes al mes siguiente para montar el próximo plan.
El primer día da respeto. A todos.
No vamos a venderte que llegas y en cinco minutos ya eres el alma del grupo. Lo normal es llegar con una mezcla de ilusión y de «¿en qué me he metido?». La diferencia está en que ese nervio lo llevamos todos puestos el primer día, y precisamente eso es lo que os iguala. Nadie es más veterano que nadie. Nadie tiene ya su corrillo hecho.
Por eso los grupos son reducidos y se forman por afinidad: no juntamos a cualquiera, sino a personas que comparten un plan y una forma parecida de vivirlo. Y por eso siempre hay alguien de nuestro equipo pendiente de que nadie se quede fuera de una conversación el primer rato. No hace falta que te lances. Basta con que aparezcas.
«La actividad es la excusa. Lo que de verdad te llevas son las personas.»
Compartir algo hace el trabajo por ti
Aquí está el truco que no falla: cuando estás remando en el mismo kayak, cargando la misma cuesta o esperando a que el instructor dé la señal para tirarte al agua, no tienes que buscar tema de conversación. El tema es lo que estáis haciendo. Las mejores charlas del viaje casi nunca pasan en una presentación incómoda; pasan en la sobremesa que se alarga, en el teleférico, en la caminata de vuelta cuando ya estáis cansados y os reís de cualquier cosa.
Compartir una experiencia crea un tipo de confianza que en la ciudad tardarías meses en construir. Un fin de semana bien vivido con desconocidos afines equivale a muchos cafés de «a ver cuándo quedamos» que nunca terminan de cuajar.
Y cuando el viaje termina, no se termina
Lo que más nos gusta no es la foto de la cumbre. Es lo que pasa después: el grupo de mensajes que sigue vivo, el «¿repetimos?» a las dos semanas, la gente que se apuntó sola a una salida y ahora viene en pareja de amigos a la siguiente. De ahí nace la comunidad —de una experiencia detrás de otra— y por eso entre viaje y viaje seguimos organizando quedadas y planes sin salir de Madrid.
Así que si llevas tiempo con un plan aparcado esperando compañía, quizá el problema nunca fue el plan. Era el «con quién». Y ese, resulta, tiene solución.